Posteado por: surconoce | 28 septiembre, 2011

Un poco de la historia del distrito Santiago de Surco

Surco llega en los tiempos prehispánicos, junto con Surquillo, San Borja, Barranco, Chorrillos y parte de Miraflores, formaba un extenso y fértil valle que pertenecía al Señorío de Sulco. Éste se constituyó durante el período Intermedio Tardío (1100-1400 d. C) y, unido a los señoríos de Huatica, Maranga y Lati, integraban el curacazgo mayor de Ychma, cuyo principal templo estaba en Pachacámac. Luego, por los años 1450 a 1475, tiempos de Pachacútec, éstos fueron anexados al Tahuantinsuyo, dividiéndose en tres curacazgos: Carabayllo al norte, Maranga al centro-oeste y Sulco al sur.

El Señorío de Sulco 

El valle se nutría gracias al canal artificial o río de Sulco, construido por la cultura Wari (700-1100 d. C), y que partía del río Rímac formando una complicada red de acequias en su recorrido. Dicha obra hidráulica convertiró en productivos campos una zona que antes era árida. Asimismo, existía, hasta lo que conocemos como Villa, áreas pantanosas y lagunas que eran hábitat de aves y flora de diversa especie que formaban un gran complejo ecológico. Hoy se ha reducido a los cada vez más venidos a menos Pantanos de Villa.

Las lagunas cercanas a la playa proveían de “juncales y carrizales” que servían a los pescadores indígenas para fabricar sus caballitos de totora –con los cuales se hacían a la mar de Chorrillos rumbo al Callao– y esteras para cubrir sus moradas. Según la historiadora María Rostowrowsky, el valle “estuvo densamente poblado a la llegada de los españoles”, conforme a documentos de probanzas del siglo XVI.

Ciudadela indígena

Diversas fuentes indican que “numerosos templos y palacios” estuvieron esparcidos por todo el valle, pero fue la ciudad de Armatambo la más importante. Localizada al pie del cerro de Sulco (hoy Morro Solar), sirvió de aposento veraniego y tránsito hacia el santuario de Pachacámac. El cronista Bernabé Cobo, testigo de su esplendor, escribió así: “Al presente permanecen sus ruinas y se echa de ver habido muy grande población; vace en las casas del cacique con las paredes pintadas de varias figuras, una muy suntuosa guaca o templo y otros muchos edificios que todavía están en pie, sin faltarle más que la cubierta (…)”. Existieron también pequeños centros de adoración, como las “tres pirámides”, ubicadas detrás de la actual Parroquia

Santiago Apóstol en Surco.

Tras la fundación de Lima en 1535, las huacas y huaquillas de piedra dispersas por el valle fueron utilizadas por los españoles como material para la construcción de sus casas, edificios y monasterios ante la carencia de pedreras alrededor de la capital. Así lo sostienen los historiadores Rafael Varón y Omar Rojas. En ese mismo año, Antonio del Solar fue designado como primer encomendero del valle de Sulco. El encomendero dejó “huella geográfica”, dice Omar Rojas, pues el hoy Morro Solar lleva su nombre. Además, a partir de 1557 (fecha de su muerte), se registra que el valle de “Sulco cambió por el de Surco”.

En 1571, el virrey Francisco de Toledo, acorde con el nuevo orden administrativo, ordenó la creación del pueblo o “reducción” indígena con el nombre de Santiago de Surco, al mando del curaca Francisco Tantachumbi. La finalidad era que la labor de cristianización y cobro de tributos sean más eficientes y a su vez brindar mano de obra forzosa para las minas y haciendas. Sin embargo, la “reducción” conllevó al abandono de la ciudad de Armatambo y, con ello, la desarticulación del antiguo Señorío de Sulco y sus ayllus.

El nuevo pueblo de Santiago de Surco estuvo formado por un espacio urbano compuesto por una plaza cuadrada donde se edificó el cabildo, la cárcel y la actual Iglesia de Santiago Apóstol. Luego se construyeron los barrios de angostas calles y los “ranchos” de los indios comunes, seguidos por parcelas de cultivo y tierras comunales trabajadas por todos los indios para el pago de tributos.

Del señorío a la reducción

Luego de la creación del pueblo de Surco, el valle presentaba un paisaje distinto. La población indígena y los cultivos nativos habían disminuido. Bosques y arboles frutales fueron talados para cubrir necesidades de construcción y combustible de la ciudad, pero también para permitir la expansión de tierras en haciendas y chacras en poder español, que encontró en la agricultura una actividad rentable. Grandes extensiones de tierras que pertenecieron a los indígenas del Señorío de Sulco fueron “expropiadas” por el cabildo o adquiridas por compraventas ilegales a curacas y tierras de comunidad para “beneficio de particulares españoles y órdenes religiosas especialmente jesuitas”. La población indígena se convirtió al cristianismo, aunque sin abandonar del todo sus antiguos rituales.

Entonces, a finales del siglo XVII, el valle exhibía enormes haciendas azucareras jesuitas como San Juan y Villa; cultivos de trigo en San Borja y Limatambo; sembríos de alfalfa, olivo, frutos y vegetales como pacayales, lucumares, guayabales, higueras, entre otros.

Sin duda, los orígenes de Surco estuvieron ligados a la fecundidad de sus tierras, cuyos habitantes prehispánicos supieron transformar. Tras la conquista los españoles la explotaron para producir apetecibles frutales y variados productos que eran delicia de las autoridades virreinales y de las mejores familias de la aún joven Ciudad de los Reyes

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